París – Día 3: Louvre

Esta vez si, entramos en el museo. Nos levantamos muy pronto para evitar tener que hacer colas, aunque claro, como íbamos con nuestros pases, daba igual a que hora fueras que entrabas si tener que esperar nada.

Por esta vez decidimos tirarnos el rollo y alquilar unas audio guías que francamente estaban bastante bien. Así que con el look de turistas completo decidimos inmortalizar el momento nada más entrar en el museo.


Tal vez para algunos sea difícil decidirse por donde empezar a la hora de visitar un museo de semejante tamaño, aunque nosotras lo teníamos muy claro, la zona de arte antiguo era nuestra mayor prioridad. Mientras nos dirigíamos hacia allí nos encontramos con esta joya medieval, sin duda una de mis favoritas:

Disfrutamos con cada trozo de piedra que se han traído de tantos y tantos lugares. Una de las zonas más espectaculares es la dedicada a los relieves babilonios.

Aquí podríamos empezar un extenso debate sobre si estamos ante un robo o ante una forma de preservar el arte, pero como no creo que sea este el mejor lugar os dejo con la pieza más preciosa que según mi opinión os podéis encontrar en el Louvre, y no, no es la Gioconda (que también vimos pero de la cual no dejan hacer fotos), se trata de La Victoria de Samotracia:

Si pensáis que apenas se trata de un fragmento de la obra original, ya que es la quilla de un barco… imaginaros las dimensiones de la piedra que fue labrada.

Nos dejamos un montón de cosas sin ver, sobre todo el ala de pintura europea, pero bueno, supongo que siempre hay que dejar excusas para volver a un sitio, no? Sobre el Louvre tengo que añadir que merece la pena comer dentro del propio museo, que no sale nada caro, y se come muy bien. Por 30 € comimos las dos muy bien: Ana ensalada, asado con guarnición y mousse de chocolate; y yo un trozo de lasaña enorme también con guarnición y macedonia.

Aunque ya estábamos muertas cuando salimos del museo, nos lanzamos en metro hasta el Panteón (no es el de Roma precisamente, pero en 5 minutillos lo ves) y descansamos nuestros pobres piececillos en Los Jardines de Luxemburgo, un gran descubrimiento.

Tenías sillas por todo el parque para ponerlas donde se te antojara y en la disposición que quisieras. Sin duda un lugar al que llegamos de casualidad, y que nos encantó.

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