Francia – Día 8: El mar contra las rocas

Último día en esta zona, y decidimos acercarnos hasta Rothéneuf, donde visitamos una especie de museo de rocas talladas en unos acantilados. El día por suerte salió soleado, aunque entre las rachas de viento y lo escarpado del terreno parecía que allí nos estábamos jugando la vida, no obstante hicimos unas fotos muy bonitas.

Pero bueno, la verdadera razón de estar allí eran las numerosas esculturas de piratas que un monje había tallado en los acantilados durante años… alucinante.

Después de esta visita cultural, nos acercamos hasta Dinan. Donde lo primero que hicimos fue buscar un lugar para comer, bueno, casi lo primero. Antes nos dio tiempo a ver su castillo, por fuera esta vez.

También fuimos bordeando la muralla y encontramos esta torre tan “de cuento”. Te podías imaginar a la típica princesa descolgando sus trenzas desde la ventana más alta… jeje. En fin, que me pareció muy peculiar.

Después de esto, si, nos fuimos a buscar un sitio para comer, y encontramos uno genial. Resulta que en Dinan hay un parque público con animales, jardines, merenderos, etc. y allí que plantamos el picnic de turno.

Una vez con los estómagos llenos, nos dirigimos a ver el resto de la ciudad, una vez más plagada de bonitas casas medievales de madera, parece increíble que sigan ahí después de tantos años. Es lo que tienen de bueno los franceses, que han cuidado sus construcciones con esmero durante siglos.

También estuvimos en la Basílica de Saint-Sauver, uno más de los ejemplo destacables de arquitectura gótica de la zona.

Dentro me puse en plan artística y sacamos unas cuantas fotos.

Especial atención al diablillo que sustenta una de las pilas de agua bendita.

Para acabar bien nuestra estancia en Normandía, fuimos a cenar a un restaurante cerca de donde nos alojábamos, cenamos super bien, y eso a pesar de haber pedido en nuestro menú de primero caracolillos de mar, pero gigantes, que como comprenderéis cedí gustosamente a mis dos acompañantes.
De camino a la habitación para cambiarnos y asearnos un poquillo, pasamos por este molino cercano, y nos imaginamos allí luchando contra gigantes imaginarios como si nos encontráramos en los campos de la mancha…

Finalmente nos acercamos hasta Mont Saint-Michel para hacerle unas fotos de noche, y nos retiramos a hacer las maletas, ya que a la mañana siguiente volvía a tocar cambiar de residencia.
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