Nueva York – Día 3: La vista más bonita del mundo

Comenzaba un nuevo día y por suerte salía soleado, así que decidimos aprovecharlo no fuera que se pusiera peor a lo largo de la semana, y nos fuimos a dar una vuelta por Central Park. Aunque antes de llegar vimos nuestro primer autobús típicamente americano, y como no, hicimos la foto de rigor.

Nos plantamos en el parque en un ti-ta, ya que el hotel estaba a sólo un par de calles, y empezamos a disfrutar de la tranquilidad de sus paseos, además como era lunes apenas había gente.

Me encantaba el hecho de que estábamos en un lugar donde había zonas en las que casi te olvidas de que esta en medio de una gran ciudad, y otras, por el contrario, ves todos esos edificios enormes rodeándolo…

Fuimos deambulando un poco sin rumbo fijo, casi topándonos por casualidad con todos esos lugares típicos que uno tiene que visitar en Central Park, como por ejemplo la Bethesda Terrace.

También el Castillo Belvedere, The Mall y el Literary Walk, The Pond, etc.

Cuando llegamos más o menos a la altura del Metropolitan decidimos torcer hacia la izquierda para ir en dirección al museo de Historia Natural, no sin antes inmortalizarnos en el mundo de Alicia y su País de las Maravillas.

Como cuando llegamos al otro lado de Central Park aún era pronto, sobre las 11:30, decidimos buscar Strawberry Fields y el Edificio Dakota.

Y después de hacernos unas cuantas fotos en el lugar, nuestros estómagos comenzaban a pedirnos un amaiketako, así que como nos pillaba más o menos cerca, fuimos hasta el Gray’s Papaya a por unos perritos. de los que he comido yo, los más ricos sin duda… 2’45$ dos perritos y una bebida.

Tras este aporte extra de energía en nuestro cuerpo nos fuimos al museo. Si ya has estado en uno probablemente en este no encuentres nada nuevo, pero como es un sitio que hemos visto en un montón de películas y algunos de mis acompañantes nunca habían visto uno, decidimos añadirlo a nuestro planning.

Vimos sobre todo la zona de los dinosaurios, para mi la más interesante, e hicimos un poco el ganso. Aunque lo primero que hicimos fue entrar al planetarium.

A eso de las 14:30, los perritos ya nos habían llegado casi a los pies, así que decidimos comer en el propio museo. Yo me cogí una ensalada y unos nuggets de pollo, eso si, con formas de dinosaurios… aquí está todo muy bien pensado para los niños (bueno y para los no tan niños).

Del resto del museo lo más destacable son sus dioramas, tanto de animales, como de diferentes culturas.

Una vez que consideramos que ya habíamos visto todo lo que queríamos del museo, cogimos el metro hasta Brooklyn, para poder disfrutar de las vistas de la city mientras anochecía.



Después cruzamos el Puente de Brooklyn, pertrechados en nuestras bufandas y gorros, ya que hacía un frío considerable, aunque nos paramos de vez en cuando para ir haciendo fotos, y también para grabar en nuestras retinas esas vistas, con las que habíamos soñado tantas veces.



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