Barcelona – Día 3: Unos guías de lujo

Para este último día teníamos previsto otro atracón de visitas.
Primero subimos hasta Montjuic. Paseamos poco a poco hasta llegar al estadio Olímpico, y un poco más allí, pero como el sol nos estaba calentando los cogotes, preferimos refugiarnos en el microclima de un autobús que nos acerco hasta el castillo.
No teníamos muy claro que hacer, y finalmente decidimos contentarnos con una foto del exterior y en vez de entrar fuimos a darnos una vueltilla al teleférico.
Las vistas de la ciudad desde esa altura son impresionantes, aunque claro si eres un cagueta de las alturas como yo, pues como que no se disfrutan tanto, aunque está muy bien, y no se pasa excesivo miedo porque la cosa no se mueve mucho.
Después de montarnos otra vez en el mismo autobús, que hace un recorrido circular que volvió a acercarnos por el castillo hasta que finalmente nos dejó en la parada que queríamos, cogimos otro hasta las proximidades de la escultura de Colón.
Esa que señala hacia América, o al menos eso dicen.
Un paseo por la orilla del mar para ir haciendo apetito y finalmente otro frío autobús hasta las Ramblas.
Allí lo primero que hacemos es meternos en el mercado de La Boquería, para volverse loco el sitio con toda la gente que hay, así que decidimos ni intentar comprarnos un zumo. Y andando un poco sin rumbo fijo hasta que nos entra el hambre y elegimos el menú que más nos llama la atención en uno de los numerosos restaurantes que hay por la zona.
El día anterior Lluis y Maite nos prometieron una visita guiada por el Barrio Gótico así que quedamos con ellos a las 17:00 en la puerta de El Corte Inglés, aunque antes de nada retomamos fuerzas con un heladito.
Desde que nos encontramos con ellos comienza la clase de Historia. es genial contar con dos guías como ellos, que te llevan a los sitios que más les gustan y te van contando sus historias y anécdotas, tanto las de la ciudad como las de ellos.
Me encantó esa tarde con los dos, os la debemos; así que esperamos veros por aquí algún día.
Fuimos callejeando por un montón de sitios, huyendo un poco del sol que esa tarde pegaba con justicia, y cada vuelta de esquina nos deparaba un rincón precioso.
Por cierto que a Ana, en la catedral no le dejaron entrar por ir con tirantes, pero bueno, yo ya le hice unas fotillos para que viera lo que se había perdido por ir descocada.
Por fin después de mucho callejear dimos con la Iglesia de Santa María de la Mar (narrada su construcción en el libro La Catedral del Mar) que es tan bonita como una se va imaginando mientras lee las páginas de sus inicios.
Y eso que ya sabéis que a mi el gótico… pues ni fu ni fa, pero bueno, aquí mis pasión por la literatura hace que me olvide de mis prejuicios.
De aquí nos acercamos al Parque de la ciudadela, que atravesamos no sin antes hacer dos fotos de rigor. La primera una de los tres con el mamut, que al parecer es una foto que tiene todo kiski por ahí, y nosotros no íbamos a ser menos.
Y otra la de la fuente La llorona, una escultura que le encanta a Maite, y que yo personalmente entiendo porqué ya que a mi también me pareció preciosa, aunque es una pena que nosotros nos la encontráramos seca.
Aun nuestro pies podían andar un poco más, total con lo que llevábamos ya encima… y nos dirigimos al famoso, sobre todo después del paso de Callejeros, barrio de la Barceloneta, que no es tan frikie como lo pintaban en la tele.
Y a la playa con el mismo nombre, para descansar un rato mirando al mar, charlando, etc. Un gran final para un mejor día.
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